Dejamos el pueblo atrás y nos internamos en un camino que atravesaba los campos de trigo. El sol empezaba a elevarse y el calor asfixiaba. Yo conocía aquel camino, aunque no sabía de qué. El pavimento estaba asfaltado, aun así, me resultaba familiar aquel camino. Según avanzábamos, más convencido estaba de que nuestro destino me era conocido...
Oscar Hernández
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